miércoles, 21 de mayo de 2008

Microrelato

Domingo, tres y media de la tarde. La hora del café. Un momento esperado durante seis días, veintitrés horas y cuarenta minutos. Ese instante de veinte minutos de duración, después de la comida en el que todo parece detenerse para siempre. La paz. Ese letargo de todos y cada uno de los miembros por separado. Esa cámara lenta de la percepción que nos hace aparecer ante nosotros como astronautas sin espacio exterior.
En la cocina la cafetera ha empezado a dar señas de haber acabado.

Suena el teléfono.

- ¿Andrés?

Siempre he odiado a mi cuñado Luis. Su voz de pito. Ese tono de cura en la voz. Su absurdo uso del lenguaje.

- Es tu padre. Una parada cardiaca. Qué le vamos a hacer. Ni se ha enterado. Descanse en paz.

Será imbécil. Pero qué se creerá. ¿Que está dando las noticias de la tele?

- Quería ser yo quien te lo dijera. Ya sabes lo mucho que te aprecio.

Cuelgo sin decir nada. El olor a café ha llenado toda la casa. Voy a la cocina y estampo la cafetera contra la pared. De todas formas el médico me lo tiene prohibido.


ABEL MURCIA

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